Aventuras hogareñas TIC: navegar por la Red de redes (II)

Sí, he de reconocerlo: madre es capaz de poner de los nervios a mis nervios en su ímpetu por integrarse dentro del mundo de las nuevas tecnologías. Bueno, he de admitir que también de las antiguas. De todas, si hablo con certeza científica. “Explícame cómo funciona la lavadora”, me ordenó un día. “¿Para qué están las instrucciones?”, respondí con gran inteligencia. “Tú las lees mejor. Además, tiene muchos botones y no me entero. El otro día casi revienta y tuve que desenchufarla. Ay, estas lavadoras nuevas”. Mas, créanme, bastante peor aún es cuando, como comentaba en mi extraordinaria primera parte, alberga deseos de introducirse en la Red de redes que rige nuestras vidas. Pídanles a los dioses no sufrirlo en carnes propias. Es peor que una película de Lars Von Trier.
Continuando con mi relato anterior, una vez explicados con todo lujo de detalle los cinco sencillos pasos para encontrar la información requerida sobre las predicciones meteorológicas, cerré nuevamente el navegador de mi computadora. Posteriormente, me levanté y cedí caballerosamente el asiento ergonómico a mi señora madre. Ella, cortésmente, me apartó con el antebrazo y ocupó el trono, acercando el rostro a unos peligrosos 20 centímetros de la pantalla. Durante un intervalo aproximado de 25 segundos, madre se quedó observando fijamente la pantalla. “¿Qué hago ahora?”, dijo. La sudoración y la temperatura de mi atlético cuerpo comenzaron a elevarse súbitamente. “Haga doble clic en el icono del navegador”, contesté. Otros 30 segundos de tenso silencio. “¿Qué?”. Al sudor y las fiebres se sumaba, poco a poco, la más profunda desesperación. “Lleve el cursor sobre el icono y cliquee dos veces, madre. Es fácil”. Tanto lo era que permaneció 20 segundos más frente a la pantalla. Después bajó la mirada hacia el teclado. “¿A qué botón le doy, hijo?”, preguntóme con displicencia.
La vista se me nublaba, como si una bandada de negros cuervos salidos de Matrix revoloteara en círculo frente a mis globos oculares. “El ratón”, susurré. “¿Qué?”. “El ratón, madre. Esa cosa junto al teclado que…”. “¡Ya sé lo que es! ¿Por qué no me lo habías dicho antes?”. De acuerdo, seguía siendo mi madre y por eso no recurrí a la violencia verbal. “Arrastre el ratón hasta el icono y pinche dos veces”. Más que arrastrarlo, casi lo desintegra, haciéndolo desaparecer de la pantalla. “¿Dónde se ha metido el jodío?”, chilló. Tras un largo y dramático suspiro, le mostré las ventajas de tratar al ratón del ordenador con delicadeza al mismo tiempo que mirar la pantalla mientras se procede. “Ya está el cursor sobre el icono. Ahora sólo hay que pulsar dos veces el botón izquierdo del ratón y se abrirá el navegador”. Y así hizo madre, pero en vez de dos fueron una docena de golpes con la fuerza de un martillo hidráulico, y todo ello mientras gritaba en fade in “¡Esto no sale! ¿Por qué tarda tanto? ¿Pero qué c… le pasa a esto?”. Ay, tan novata en este mundo y ya topándose con la realidad de la banda ancha en nuestro reino.
(Continuará)















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¡Me parto! ¿Cuándo tendremos la secuela?
De aquí a que madre aprenda a usar Internet, claro. Esto es periodismo de campo… rural, quiero decir. Pronto…
ke tal ! con las mamás de el siglo pasado, y se enojan si les explicas y dicen ke no son tontas ke si entienden…
mi mamá y su nuevo cel le pica todos los botones ke no son para contestar ¡¡ ke onda !!!